
Estamos a las puertas de una nueva cita con las urnas. En este clima preelectoral, donde la esperanza y la incertidumbre se disputan el alma del votante, ha florecido un arte sutil y peligroso: el de la “verdad a medias”. No hablo de mentiras burdas como la famosas fake news, sino de un mal más perverso, la manipulación por omisión interesada. Es el bifrontismo estadístico, donde tanto el Gobierno como la oposición exhiben con orgullo el perfil de Jano que les conviene mientras ocultan el rostro oscuro que los delata.
La instalación del Congreso en julio de 2025 ofreció una cátedra de este fenómeno. El presidente Gustavo Petro mostró gráficas de mortalidad infantil en menores de cinco años para atribuirse una mejora que, según verificó La Silla Vacía, omitía una tendencia a la baja que arrancó en 2005, mucho antes de su mandato (La Silla Vacía, 2025). La caída es real; su causalidad exclusiva, no. Horas después, la oposición replicó en espejo: la senadora Paloma Valencia cuestionó con razón las cifras de las EPS y exhibió el fracaso en la lucha contra el narcotráfico —la producción de cocaína se duplicó frente al gobierno Duque y la tasa de incautación se desplomó del 48 % al 28 %—, pero omitió que esa explosión de cultivos no nació en 2022: el globo ya venía inflándose durante la administración de su copartidario (El Nuevo Siglo, 2025).
El gobierno proclama haber reducido la deuda externa del 59,3 % al 55 % del PIB, pero esconde que la deuda del sector público —la que se paga con impuestos— saltó del 31,9 % al 34,3 % en el mismo período (Banco de la República, 2026). Se ha sustituido deuda privada por deuda estatal, maniobra que la Contraloría General de la República observa con alarma porque compromete el equilibrio fiscal del país (Caracol Radio, 2026). La oposición, a su vez, denuncia con cifras reales de Medicina Legal que el gobierno dejó de reportar 1.062 homicidios en 2025, pero calla que esa omisión metodológica —excluir muertes en combate— la heredó del propio gobierno Duque, que la instauró en 2019 (El Colombiano, 2026).
Los ejemplos se acumulan tanto para el gobierno como para la oposición, pero al final lo grave no es la existencia del bifrontismo, sino su normalización a las puertas de las urnas. Cuando el gobierno y la oposición presumen de cartografías que solo muestran la mitad del territorio, el debate público se vuelve un diálogo de sordos. Y en ese juego de espejos, el gran perdedor es el ciudadano.
Frente a este panorama, universidades, prensa y ciudadanía tenemos una responsabilidad ineludible. Las academias deben formar en pensamiento crítico; el periodismo, verificar sin trincheras; y los ciudadanos, preguntarnos siempre: ¿qué falta aquí? Nadie está libre de sesgos ideológicos, pero la honestidad intelectual comienza cuando aceptamos que la realidad siempre tiene matices que desbordan cualquier discurso. Las estadísticas no deberían ser armas para ganar elecciones, sino herramientas para entender el país que somos. Exigir los datos completos, con su contexto y sus grises, es el primer acto de defensa democrática. Que este 2026 nos agarre con los ojos bien abiertos.


